Martiño Rivas, 41 años, actor: “Yo no voy a decir que el boxeo me salvó la vida, pero me ayudó mucho en momentos muy complicados”

En Martiño Rivas (A Coruña, 1985) aún relumbra el chaval al que Pérez-Reverte regaló una conversación en una librería de la calle Mayor hace ya más de 20 años.

También el hijo que llama primero a su madre cuando consigue un papel y que aprendió pronto la peculiar forma de mirar el mundo de su padre, el sobrino que pone a sus tías por encima de Paul Newman o James Cagney y el padre que, desde hace siete años, ha hallado su clara su misión en la Tierra.

Son los diferentes “sombreros” que el actor se cala en la vida. Ya en la ficción, Francisco Foxá, un joven escritor de novelas baratas de misterio, ha envuelto al actor en una trama en la que huéspedes y empleados se convierten en sospechosos de un crimen que, a cada momento que pasa, se revela más complejo y enrevesado.

Martiño Rivas ha estrenado El problema final en Netflix, una miniserie basada en la exitosa novela homónima de Pérez-Reverte, con ecos de Conan Doyle y Agatha Christie, que protagoniza junto a Jose Coronado, María Valverde y Maribel Verdú.

Martiño Rivas estrenó “El problema final” en Netflix, una miniserie basada en la exitosa novela de Pérez-Reverte

Durante la primavera de 1959, trece personas quedan aisladas por un temporal en un islote próximo a Mallorca. El asesinato de una turista inglesa lo dinamita todo. En ese lugar del que nadie puede salir y al que nadie puede llegar, acontece un thriller policíaco clásico en el que Martiño Rivas luce un impecable corte sastre.

El actor confiesa que se apunta a cualquier proyecto que le prometa un traje a medida. También habla de su profesión sin solemnidad y con mucha honestidad.

Martiño Rivas, 41 años, actor: “Yo no voy a decir que el boxeo me salvó la vida, pero me ayudó mucho en momentos muy complicados”

-Su último personaje conecta con un aspecto de su vida real: su padre es escritor. ¿Hubo alguna conversación o consejo por su parte que le ayudara a construirlo?

-No, aunque son muchos años de observación. Son perfiles muy distintos el de Foxá y el de mi padre, a pesar de compartir la tarea de escribir. Pero algo que sí recuerdo que pedí al principio al Departamento de Arte, que me pareció importante, fue que Foxá siempre llevase una libreta y una pluma consigo.

Y que tuviese un maletín también, estos recuerdos de mi infancia son una constante. Aprendí muy pronto de mi padre que lo suyo no es un oficio, es una manera de mirar el mundo, una forma de habitarlo, un ángulo a través del cual moverse por estas aguas. Él siempre iba acompañado de un cuaderno y siempre estaba tomando anotaciones sobre cosas que luego, a lo mejor, no llevaban a nada.

De repente, te dabas cuenta de que no estaba contigo, te girabas y estaba anotando el nombre de una calle, algo que había visto inscrito en una placa… Lo que pasa es que las circunstancias que se dan en el hotel tampoco daban pie a elaborar mucho más sobre esta faceta de escritor.

Lo que sí era muy relevante es que él era escritor de novelas policíacas y, sin entrar en detalles para no destripar la trama, sí hay paralelismos entre algunas de sus obras previas y cómo se van sucediendo los crímenes en el hotel.

-En un juego a lo Sherlock Holmes y doctor Watson, el personaje de Basil (Jose Coronado) –un actor retirado que encarnó en la gran pantalla al mismísimo Holmes– y el suyo se convierten en detectives y sospechosos. ¿Cómo ha sido trabajar ese doble rol?

-Que todos somos sospechosos era una de las directrices que teníamos. Este es de los géneros que más he disfrutado, porque te obliga a tener una escucha activa. No hay desconexión, no te lo puedes permitir. A veces estás en escena, dices tu frase y te permites evadirte un poco.

Aquí, aunque la cámara no estuviese en ti, tenías la obligación de estar generando esa atmósfera, esa energía de cara a tus compañeros. Constantemente, en la mirada, se tenía que ver que sospechabas de cada uno de tus partners. Y no solo eso, sino que te sentías observado.

Tenías que estar tapando, como si tuvieses algo que ocultar, mirando a la gente a través del rabillo del ojo. Así es como se crea una energía en escena que luego lleva al espectador a no poder relajarse, a que verdaderamente tenga la sensación de que constantemente está sucediendo algo.

“Tienes un poco, como actor, la sensación de que eres tú el que está contando la historia”

-Ustedes los actores son un poco detectives de sus personajes, ¿no?

-Mi padre utiliza mucho, de cara a la escritura, un término de la policía: “abrir diligencias”. Cuando te pones a escribir algo, es como estar en una escena del crimen. Y yo sí que tengo esa sensación: en el momento en que abro un guion, ahí empiezo a abrir diligencias, a intentar reconstruir todo lo que está escrito.

Lo analizas, tomas notas, buscas motivaciones, intentas verlo desde un plano psicológico o rellenar los huecos que pueda tener. Sí se parece un poco a una investigación.

Martiño Rivas tuvo un encuentro con Pérez-Reverte cuando tenía 20 años. Foto: AFP/Archivo

-La serie se basa en una novela de Arturo Pérez-Reverte. ¿Esto da placer o cierta presión?

-Él nos vino a visitar un día al set, pero yo había tenido un encuentro previo con Pérez-Reverte que no le recordé, tampoco me pareció pertinente. Al poco de llegar a Madrid, yo tendría 20 años, entré en una librería de la calle Mayor pidiendo un relato de Jack London que se llama Un pedazo de carne.También se llegó a traducir Por un bistec.

Recuerdo decirlo un poco a tono a la persona que había detrás del mostrador, “estoy buscando este relato”, y un hombre muy alto, muy elegante, que llevaba un gabán, que estaba observando los títulos que había en la estantería, se giró y dijo “¡Excelente relato!” y estuvo un rato hablando conmigo.

Era Pérez-Reverte. Me pareció muy generoso, por su parte, que alguien de su categoría tuviese el detalle, la deferencia de dedicarle una conversación a chaval que entraba allí y que sabía más bien poco comparado con él, desde luego, de literatura.

Aquel momento contribuyó a que le admirase aún más, a tenerle más respeto, si cabe todavía, independientemente de su obra. Fue un detalle que le agradezco. A lo mejor para él no significó gran cosa, pero a mí sí que me enseñó una lección.

-¿Fue difícil mantener la compostura y la solemnidad requeridas en un rodaje de época tan sumamente estilizado?

-Teníamos un asesoramiento en cuanto a cómo se habla, al lenguaje corporal también, pero todo eso iba acompañado de un vestuario muy excelente de Sonia Grande, que es de las mejores figurinistas del mundo. A mí me gusta porque es un género muy teatral. No se construye basándose en aspectos técnicos muy complejos, movimientos de cámara muy sofisticados, no es de fuegos artificiales.

Tienes un poco, como actor, la sensación de que eres tú el que está contando la historia. Y eso lo agradezco mucho. Luego, es un género que encierra unas claves muy determinadas. Tiene unos patrones que se repiten y crear dentro de esos parámetros resulta muy inspirador.

A veces, cuando el lienzo está totalmente en blanco y prácticamente puedes tirar por muchas opciones, es más difícil decidirte. Aquí la zona está muy acotada, muy delimitada y, evidentemente, tú aportas tu visión y tus matices. Digamos que son personajes arquetípicos que tienen un rol ya muy determinado.

“En el momento en que me dicen que mi personaje va a llevar un traje a medida, inmediatamente me apunto”

-Foxá se lleva a las mujeres de calle, pero usted ha demostrado que no se acomoda en el rol de “galán”. ¿Le tiene miedo al encasillamiento?

-¡A mí me encantaría acomodarme! Recuerdo que, en una charla en una escuela de interpretación, lo primero que te preguntaban era cómo se consigue un representante y, lo segundo, cómo no encasillarse. Y yo respondí: “¡Pero si eso es un privilegio!”.

Para que tú te encasilles, primero tienes que conseguir una prueba. Después, tienes que hacer el casting y que te ofrezcan el papel. Se tiene que hacer la serie o la película, muchas veces se caen.

Tienes que hacer una interpretación que llame la atención y, además, el proyecto tiene que ser un éxito. Si después de eso, se hacen varias películas en esa misma línea o la serie se prolonga lo suficientemente en el tiempo con muchas temporadas como para que se afiance esa percepción de ti, entonces estarás encasillado.

¡La carambola que se tiene que dar es como que te toque la lotería! Además, aunque te encasillen en un momento determinado, no quiere decir que vaya a ser así hasta el final de los días. Mucha gente tiene la oportunidad de reinventarse y reconducir su carrera. Pasa lo mismo que con la sobreactuación, que también hay mucho miedo.

-Decirle a un actor que está sobreactuado es, a veces, lo peor que le puedes decir. A mí me preocupa mucho más la subactuación. Yo prefiero estar pasado de energía e implicación a ese afán de naturalismo, a estar en escena metiéndome el dedo en la nariz o rascándome el culo para aparentar mayor naturalismo. Y con una dicción que apenas se entiende lo que dices ni con qué intención lo dices.

Son esos miedos que no sé muy bien de dónde nacen. O sí lo puedo saber, pero quiero pensar que ya no los comparto.

-¿Cómo selecciona sus proyectos para seguir desafiándose?

-La capacidad de selección es extremadamente limitada. Normalmente, tomas lo que te ofrecen. Eso de poder elegir, a veces, te sucede, pero muy puntualmente. En este caso, yo sí tengo una máxima, que es que, en el momento en que me dicen que mi personaje va a llevar un traje a medida, inmediatamente me apunto.

Y en este caso tenía muchos trajes a medida [risas]. Me parece algo muy significativo, que estoy en un proyecto de cierta envergadura.

“Gracias a mi hija vivo más en el presente”

-He leído por ahí que la primera persona a la que llama cuando consigue un papel es su madre…

Sí, porque mamá se come muchas… Como está siempre en lo malo y parece que siempre tiene que estar ofreciendo consuelo e intentando levantar el ánimo, pues me parece justo que haya cierta equidistancia en cuanto a no solo tener urgencia para compartir las desgracias, sino también para celebrar lo bueno con ella.

La primera persona a la Martiño Rivas llama cuando logra un papel es su madre. Foto: AFP/Archivo

-Es padre desde hace siete años. ¿Cuál es la lección más importante que le ha dado su hija?

-Me ha ayudado a ubicarlo todo. Me ha transmitido muchísima paz. Más allá de todo el acelere, de que de repente tus días duran mucho menos y las horas se convierten en un bien escaso. Pero también, cuando tengo ese tiempo, lo disfruto mucho más.

Aprecio muchísimo más las cosas buenas que tengo. Habitaba mucho más en el pasado y en el futuro que en el presente. Intenté leerme muchas veces el libro El poder del ahora, pero nunca pasé de la décima página. No conseguía que el mensaje calase en mí. Y gracias a ella creo que he mejorado mucho en ese aspecto. Gracias a mi hija vivo más en el presente.

-En una profesión tan intermitente y expuesta, ¿quiénes son sus anclas?

-Mi hija. Ha sido muy gratificante porque ya tengo un cometido para el resto de mi vida. Mi cometido primario, la misión principal por la cual yo estoy aquí en la Tierra es que esta persona esté bien. Y, a partir de ahí, ya vamos haciendo todo lo demás. Eso te hace sentir muy útil.

Cuando se queda dormida después de contarle un cuento y apagas la luz, dices “vale, ya he cumplido mi misión aquí en la Tierra”.

Luego te vas poniendo los otros “sombreros” y toca hacer de hijo, toca hacer de actor, toca hacer de novio… Cualquier otro rol que te toque desempeñar también hay que intentar hacerlo con devoción, con amor, con cariño y con ganas. Pero ser buen padre es ahora mismo la cosa que me tiene más ocupado, preocupado e ilusionado.

-Cuida mucho su físico: entrena y practica deporte. ¿Cómo hace para cuidar su mente?

-Son vasos comunicantes. Yo entreno como un demonio y me ayuda mucho. Yo sé que parece algo frívolo y que, cuando vemos a alguien que está en forma, a veces, establecemos cierta relación: cuanto más en forma estás, parece que más bajo es tu coeficiente intelectual y no necesariamente tiene por qué ser así.

Yo he encontrado varios deportes que me han motivado mucho. El fin último nunca fue verme fuerte o bien, sino desentrañar los secretos de esa disciplina. Intentas dominar la técnica y eso te obliga a moverte, a sudar y tu cuerpo se va moldeando en base a esa disciplina que practicas.

Yo no voy a decir que el boxeo me salvó la vida, pero me ayudó mucho en momentos muy complicados. Le estoy muy agradecido y es un deporte al que le tengo mucho cariño. Es muy bello y muy bruto, a la vez, y me genera también sentimientos encontrados, pero es algo que forma parte de mi día a día y una forma de evasión muy terapéutica.

-Ama Galicia. ¿Qué es lo que más feliz le hace de volver?

-Estar con la familia, eso es lo primero. La mía es una familia muy unida, por lo que estar allí es sentirte protegido, que tienes una red de seguridad. Hay gente que no la tiene y eso, de algún modo, a lo mejor te endurece, te hace más callo, más independiente y más fuerte. Yo he encontrado la fuerza en mis tías, sobre todo, que son la columna vertebral de la familia.

Para mí son más importantes que Edward G. Robinson, James Cagney, Paul Newman o Montgomery Cliff [risas]. Tienen una gran inteligencia emocional y, sin eso, es muy complicado que el resto de las cosas salgan bien.

Intento que ellas se sientan valoradas, porque se lo merecen. Quizás todo esto sea porque me fui de casa pronto. Si estuviese allí todos los días del año, a lo mejor no sería tan consciente de la relevancia que puede tener. De mi suerte.

Diana Arrastia, La Vanguardia

Fuente: www.clarin.com

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